Mi historia
Cuando nací, no había ningún indicio de que pasara nada preocupante; ningún síntoma, solo un bebé sano. Qué alegría les di a mis padres: era su primer hijo. Pero al poco tiempo, todo el mundo se dio cuenta de que algo iba mal. Estaba débil y por debajo del peso normal, no tenía apetito, tenía fiebre y me costaba respirar. Me ingresaron en el hospital, donde me diagnosticaron una grave comunicación interventricular y una hendidura considerable en la válvula mitral.
El camino hacia la cirugía
A mis padres les aconsejaron que acudieran al Royal Alexandra’s Hospital de Sídney para reunirse con el mejor cirujano cardíaco del país: el Dr. Curtmill. Alto, pelirrojo y con barba. Tras el cateterismo (aterrador y doloroso, diría yo), el veredicto fue claro: o se llevaba a cabo la operación, que tenía un 50 % de posibilidades de supervivencia, o el bebé moriría sin duda alguna. Mis padres estaban destrozados, pero no tenían otra opción. Esto fue en 1972. Los riesgos eran enormes. Pero, por suerte, sobreviví.
«Mis padres estaban destrozados, pero no tenían otra opción. Esto fue en 1972. Los riesgos eran enormes. Pero, por suerte, sobreviví».
Reaparición de complicaciones
El alivio no duró mucho. Seguía débil y no conseguía ganar peso. Tras más pruebas, el doctor Curtmill informó a mis padres de que la operación no había sido un éxito total, debido a un error en la colocación de los puntos. Se sucedieron más idas y venidas, más pruebas y otro cateterismo. El resultado esta vez fue lo suficientemente satisfactorio como para que estuviéramos seguros de que podría llevar una vida normal y volver a Grecia.
Participar en la comunidad
Y así quedó la cosa, durante un tiempo. Pero a los 26 años surgió un nuevo problema: un bloqueo ventricular completo (tipo III). Me implantaron un marcapasos y la vida siguió su curso. Tras este incidente, decidí sacar partido de mi situación. Me involucré en la única asociación que pude encontrar en Atenas que trabajara activamente en el ámbito de las cardiopatías congénitas: la Asociación Panhelénica de Cardiopatías. Más tarde pasé a ser presidente de esta misma organización.
«He conseguido llevar una vida normal y plena desde que me implantaron el marcapasos. Me he casado y soy padre de dos hijos».
La vida hoy en día
He conseguido llevar una vida normal y plena desde que me implantaron el marcapasos por primera vez. Me he casado y soy padre de dos hijos. Hace un año, me cambiaron el marcapasos por quinta vez. Pero, aunque sobreviví e incluso prosperé en ciertos momentos, el desgaste psicológico que sufrimos como familia fue inconmensurable.
El impacto en la salud mental
Mi madre, en particular, nunca lo superó del todo. Sigue padeciendo una depresión grave y tiene pesadillas; tiene 81 años y toma medicación. ¿Y yo? De niño, sufrí acoso escolar, a veces hasta el extremo, debido a mi evidente mala salud, mi aspecto (delgado, pálido, frágil, introvertido) y porque era demasiado débil para practicar deportes y cosas por el estilo. Desarrollé ansiedad social desde muy temprano, así como ataques de pánico; me comportaba de forma torpe y me sentía aislado. A día de hoy, sigo tomando medicación.
«El impacto en nuestra salud mental puede ser enorme. Lo he visto una y otra vez».
Nunca es sencillo
Esa es la cruda realidad para muchos de nosotros. El impacto en nuestra salud mental puede ser enorme. Lo he visto una y otra vez. He sido feliz durante la mayor parte de mis 57 años: he cumplido muchos de mis deseos y aspiraciones. Pero nunca ha sido ni sencillo ni fácil. No quiero parecer pesimista; simplemente es la realidad para muchos de nosotros.
Ten confianza en ti mismo
La confianza en nosotros mismos es fundamental, sobre todo en el caso de los jóvenes que, de repente, se enfrentan a grandes retos y deben adaptarse sin dudar ni un instante. Créeme. Rendirse ni siquiera es una opción.
El papel de la familia y los amigos es decisivo, y su apoyo no puede subestimarse. Pero cuando la puerta de tu habitación se cierra tras de ti, estás solo. Nacemos con el instinto y la fuerza de la supervivencia, pero no nos serán concedidos sin perseverancia y fe en nosotros mismos. Nada es fácil y nada se nos da de regalo. Y ahí radica precisamente su belleza.
«Nacemos con el instinto y la fuerza de la supervivencia. Nada es fácil y nada se nos da hecho. Y ahí radica precisamente su belleza».
Siempre hay esperanza
Hoy estoy sola delante del espejo y pienso que, al final, todo ese esfuerzo ha merecido la pena. Tras 57 años de retos, traumas, depresión y dificultades, estoy segura de que, en definitiva, el camino ha merecido la pena.
No me importa lo que vaya a pasar en un futuro inmediato o más lejano. Lo que importa es que he sobrevivido y he vivido momentos de felicidad y plenitud auténticas e innegables. Incluso para las enfermedades más complicadas y graves de hoy en día hay esperanza.